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A nadie se le escapa que la libertad de enseñanza está amenazada y con ello la supervivencia de la enseñanza concertada. Ya no solo en feudos políticos tradicionalmente restrictivos (Andalucía, Extremadura, Galicia), sino en la práctica totalidad de las comunidades autónomas. Comunidad Valenciana, Castilla – La Mancha, Cataluña… se han sumado con fuerza a la ola crítica radicalizada, no ya por priorizar la escuela de la Administración pública, sino por optar por una escuela pública única, como modelo excluyente.

Y ante esto, el sector de la enseñanza de iniciativa social es extremadamente pacífico (hasta lo temerario), y lo que algunos consideran una virtud, roza lo pusilánime. Aún hay quien espera impasible al irreversible hecho de que quiten las aulas para empezar a levantar la voz,… tarde.

Se impone un debate social con cierta altura, generar corriente y doctrina. Hay quien pensaba que era mejor no hacer disputa, porque cada vez que se hablaba de libertad de enseñanza era para cuestionarla, pero el debate social ha seguido su curso inexorable, con nuestra incomparecencia. Un debate además basado en prejuicios, clichés, falsedades populistas (la concertada es elitista, desigualitaria…) pero que han ido calando en la conciencia social, casi sin oposición.

La libertad de enseñanza es un conjunto de libertades de elección y su elemento nuclear es el ideario. Elegir supone optar entre lo distinto. La posible elección de lo singular, de lo diferencial,… del ideario, es lo que justifica la existencia de la enseñanza de iniciativa social y su financiación con fondos públicos, y no que la concertada sea más barata (no debería serlo), ni el que garantice el acceso universal a la enseñanza porque no hay suficientes plazas en centros públicos (aunque las hubiera, la justificación de estos centros está en la libertad de enseñanza y el derecho a la educación). La escuela pública única supone optar por el unitarismo ideológico y acabar con la libertad de enseñanza. No se puede elegir entre lo mismo o que se diferencia con leves matices.

Bajar los brazos, ceder al desaliento, refugiarnos en la pobre excusa de que serán los signos de los tiempos, no es una opción. La defensa de la libertad de enseñanza es una obligación, una responsabilidad que requiere arremangarse y que asumamos con valentía el protagonismo que en la Iglesia, la escuela católica y la sociedad nos corresponde. pero ya; antes de que sea demasiado tarde. 

Jesús Muñoz de Priego. «Boletín Salesiano» (Septiembre 2016).