¿Qué significado tiene ponerle un poco de agua al vino en la Eucaristía?

Con este signo el sacerdote le pide a Dios que una nuestras vidas a la suya. Al momento de preparar sobre el Altar el pan y el vino “el Diácono u otro ministro, pasa al sacerdote el copón con el pan que se va a consagrar; vierte el vino y unas gotas de agua en el cáliz.” (Misal Romano Nº 133). El instante en que se echa el agua se acompaña con una oración que se dice en secreto: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”.

San Cipriano, a mediados del siglo II, escribió sobre este gesto litúrgico, lo siguiente: “El sentido simbólico de la mezcla de agua. Así como el vino absorbe el agua, así Cristo nos ha absorbido en sí mismo a nosotros y a nuestros pecados. Por esto, cuando el agua cae en el vino, los fieles se unen con El, a quien han seguido por la fe; y esta unión es tan fuerte, que nada la puede deshacer, lo mismo que es imposible separar el agua del vino”.

San Cipriano saca la consecuencia: “Si alguien no ofrece más que vino, la sangre de Cristo empieza a existir (en el cáliz) sin nosotros; pero cuando no se ofrece más que agua, el pueblo empieza a encontrarse sin Cristo” (Jn 19,35). El agua que se mezcla al vino es el agua que salió del costado de Cristo. Con todo, domina el simbolismo de la unión entre Cristo y su Iglesia, que fue reforzado por la interpretación que en el Apocalípsis se da del agua como símbolo de los pueblos.

De ahí la ceremonia de la ofrenda del agua por los cantores: los pueblos ofrecen jubilosos el agua, por la que se unen a Cristo.

Por esto el agua se bendice, porque los pueblos necesitan de la expiación, mientras que el vino, por regla general, queda sin bendecir.

Esta pequeña ceremonia dio comienzo durante la Edad Media: “En el agua se representa al pueblo y en el vino se manifiesta la Sangre de Cristo. Y cuando en el cáliz se mezcla agua con el vino, el pueblo se junta a Cristo, y el pueblo de los creyentes se une y junta a Aquel en el cual creyó. La cual unión y conjunción del agua y del vino de tal modo se mezcla en el cáliz del Señor que aquella mezcla no puede separarse entre sí. Por lo que nada podrá separar de Cristo a la Iglesia (…) Si uno sólo ofrece vino, la Sangre de Cristo empieza a estar sin nosotros, y si el agua está sola el pueblo empieza a estar sin Cristo. Más cuando uno y otro se mezclan y se unen entre sí con la unión que los fusiona, entonces se lleva a cabo el sacramento espiritual y celestial”.