La Iglesia ortodoxa está constituida por 15 iglesias autocéfalas. Al frente de cada una, un patriarca. Sin unidad jerárquica como la tiene la Iglesia católica en torno al papa: cada patriarca reconoce solo el poder de su propia autoridad, aunque mantiene comunión doctrinal y sacramental con el resto. Uno de estos patriarcas es el de Moscú: Kirill.

Medios de comunicación religiosos, habitualmente bien informados, estiman la fortuna personal de Kirill entre unos 4.000 y 8.000 millones de dólares. Todo un escándalo y una burla a la pobreza evangélica. De ahí que algunos hablen de él como un oligarca ruso más. Su apoyo a Putin y a la invasión de Ucrania son inquebrantables, hasta el punto de que el papa Francisco no ha dudado en calificarlo como «el monaguillo de Putin».

Pues bien, no puedo dejar de comparar esta información con la matanza ocurrida este domingo en una iglesia católica de Nigeria, con decenas de muertos. La violencia yihadista y tribal se está adueñando de este gran país africano, sin olvidarnos de las bandas que buscan hacer negocio con la violencia.

Tanto una noticia como la otra merecen nuestra atención. Porque ambas son una invitación a lo mismo: a la purificación, a proclamar lo esencial de la condición humana, que yo reconozco en la libertad, la igualdad y la fraternidad… el viejo grito revolucionario que hunde sus raíces más profundas en las páginas del Evangelio.

Mantengamos la esperanza.

José Ramón Amor Pan

“La Voz de Galicia”

 (8 de junio de 2022)