Un año más, después de la verbena de San Juan, las playas han quedado llenas de basura. Y en este 2022, después de dos años de pandemia, la gente que se ha reunido a la orilla del mar para celebrar la verbena, ha sido numerosa. Por eso las brigadas de limpieza de los ayuntamientos han trabajado con ahínco, para dejar en buenas condiciones estos espacios que son de todos y que todos habríamos de cuidar, a pesar del incivismo de unos pocos.

A menudo lamentamos la suciedad de los ríos y de los bosques, del fondo del mar o de las playas, por la desidia de los desaprensivos que no cuidan la naturaleza. Y es que la actitud incívica de aquellos que ensucian estos espacios naturales, perjudica y mucho al medio ambiente.

Hace unos años me contaron una anécdota que muestra el civismo y la responsabilidad de los ciudadanos suizos: un español fue de viaje a Suiza y se compró una caja de bombones. Cogió uno de ellos, le quitó el envoltorio, que tiró al suelo y se comió el bombón. Un ciudadano suizo que lo vio, se acercó a aquel hombre y le preguntó porqué había tirado al suelo el envoltorio del bombón. “Porque no lo quiero”, respondió aquel hombre. El suizo le respondió: Suiza tampoco lo quiere”. El hombre se dio cuenta que el civismo, tan enraizado en Suiza, no era algo anecdótico y, reconociendo su error, se agachó, cogió el envoltorio del bombón y lo tiró en una papelera.

Cada día vemos cómo crece la conciencia por lo que respecta al cuidado del planeta, nuestra casa común y a menudo nos escandalizamos cuando vemos casos de contaminación, incendios forestales o derramamientos de petróleo que ensucia el mar. Por eso el cuidar del planeta es cosa de todos e incluye también aquellos pequeños gestos, aparentemente anecdóticos, que evitan hacer daño a la naturaleza.

No creo que los que han ensuciado las playas en la verbena de San Juan, dejen su casa en las condiciones que dejaron la arena. No creo que los que pasaron la noche de San Juan en las playas, tiren papeles, plásticos, botellas, los restos de la comida o las latas de los refrescos en el suelo de su casa. O enciendan hogueras en su comedor.

Sería interesante que los que ensucian las playas cada año en la verbena de San Joan, siguiesen la llamada regla de oro del Evangelio, cuando nos Jesús dice: “Haced a los demás lo que queréis que ellos os hagan a vosotros; este es el resumen de la Ley y de los profetas” (Mt 7:12).  Y por eso mismo no habríamos de hacer a los demás (ni a la naturaleza), lo que no nos gusta que ellos nos hagan a nosotros. También San Pablo nos pide que tengamos presente el bien de los demás (y se entiende, de la creación), cuando dice que no procure “cada uno por sus propios intereses, sino también por los de los demás” (Fl 2:4). Y también el libro de Tobit nos dice: “Lo que tú no quieres que te hagan, no lo hagas a nadie” (Tb 4:16). Y el papa Francisco, en su encíclica “Laudato si”, nos dice: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental”. Y por eso Francisco nos urge a encontrar una solución, que “requiere una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza” (nº 139).

Creo, que si siguiésemos estas palabras de Jesús, de San Pablo y de Tobit, cuidaríamos con más solicitud de la naturaleza y no dejaríamos la arena llena de escombros cada verbena de San Juan. Y es que el planeta nos pertenece a todos y lo habríamos de dejar a las nuevas generaciones, mejor de cómo lo hemos recibido.

Como ha dicho el papa Francisco, “la creación no es una propiedad solo de algunos; la creación es un don maravilloso que Dios nos ha dado para que lo cuidemos y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con respeto y gratitud”. Por eso no podemos destruir ni ensuciar las playas y los otros espacios naturales, llenándolos de suciedad.

Josep Miquel Bausset. Publicado en: “Religión Digital” el 25 de junio de 2022